miércoles, 31 de octubre de 2018

De papel

He hablado de lo frágil que podemos ser como si yo nunca lo hubiese sido, porque lo retrato como si fuera exacto, casi métrico, medible, cuantificable, olvidándome de que sentirlo se aleja totalmente de esto. Cuando aquello que tanto anhelamos se sitúa lejos, llegando a ser casi imposible para nosotros, ocurre un quiebre en nuestro interior. Cada fragmento integrado en nosotros parece desentenderse del resto y ya no somos un total de partes que se expresan aleatoriamente, ni muchos menos con una especie de fórmula concebida de manera tácita entre ellas, si no que nos aislamos, cerramos los conductos que entrelaza lo más profundo con lo que nos rodea y habilitamos el dormitorio de huéspedes en nuestra alma para no tener necesidad de recibir cobijo en el exterior. Adentro es más seguro, cómodo. Nadie puede entrar si es que no se le permite y en nuestra habitación hay mucha menos exhibición. Todo se mantiene en una especie de orden (que realmente no tiene nada de ello, es más bien un gran caos) del cual no parecen haber fugas y se condensan nuestras angustias de manera muy hermética. Entonces vendría a hacer como la lava inactiva de un volcán, que se mantiene ardiendo en su interior pero aún la tierra no se remece lo suficiente para hacerla salir explosivamente y erosionar en la superficie. Entonces mantenemos ese flujo hirviente en nuestro interior, nuestra habitación, dando vueltas circularmente sin sentido, logrando aumentar cada vez más la temperatura de esta magma. Comienza arder en el interior y nuestras costillas pectorales parecen representarse en los dedos de nuestras manos y se entrelazan, intercalando los 5 de cada una para oprimir en un fuerte cruce de manos toda el contenido volcánico ferviente. Comienza a aumentar su cantidad y los dedos parecen unirse más, cada vez se sienten más las quemaduras y solo quisiera deshacerme de ese fuego. Entonces hablo y el volcán estalla. Brotan de mi cuerpo rastros de las heridas que llevo dentro, desde mis ojos hasta mis manos, todo danza en el tono de la sinfónica tristeza, mis extremidades tiemblan y se esconden, como si fuesen a conversar en el centro. ¿Se cuentan secretos?. La lava es conocida y el resto tel vez se asusta, no siempre vemos descontrolarse a quien siempre se contiene. Fluye hacia muchas partes y en diversas direcciones. ¿Cuanto tiempo estuvo oculta esta corriente? Lo suficiente o incluso un poco más de ello. Y ahí es cuando todo se quiebra, por segunda vez, como si no bastase con una, con el corte exacto que genera la herida, aquel trágico instante en el que todo cambia para siempre, ¿me dicen que no es suficiente? Debe dolernos de nuevo, cuando percibimos que realmente es lo que ocurrió, cuando cancelamos aquel “supuesto viaje” al que se fueron y debían regresar, o aquel mal sueño del que teníamos que despertar, porque sin duda que sería demasiado tiempo durmiendo. Ahí entonces, nos destruye nuevamente. Las réplicas después de un cataclismo se comparan bastante con estas repercusiones emocionales después de percatarse de lo que realmente estamos viviendo. Parecería el fragmento típico de una película prestigiosa en la que todos asumen una dolorosa realidad antes que el protagonista porque él sigue extendiendo en su imaginación lo opuesta a lo sucede realmente. Y ahí comienza a sangrar nuevamente ese profundo corte hecho con un papel blanco en el que no había nada escrito.

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