Podría tratarse de todo a pesar de que no fuese nada, porque la inmensidad que desborda el alma se hace infinita en cuanto la respiración es más consciente, o incluso intermitente. Hablamos de finales, de principios, pero lo que nos consume son las ambigüedades y siniestros, ¿dónde vamos cuando no hay a dónde ir? Ese momento en el que ningún lado es todas partes y miramos el suelo porque se está demasiado cansado. Quizás nadie entendería, aunque quisiese y yo me quedaría aquí un ratito esperando que el cielo se despejara, pero se ve de todos los colores menos de alguno claro y vuelvo a las mismas preguntas de siempre. ¿A caso no fue suficiente? No comprendo el significado completo aún de esas palabras o más bien, no he querido comprenderlo, pero entre querer y poder, que alguien me niegue el abismo de diferencia existente, y si se puede entonces, atravesarlo para confirmarlo y aprenderlo finalmente. Se aprende cuando se pierde, cuando se olvida y cuando se gana, pero de todas las posibilidades el aprendizaje más doloroso es contra nuestra voluntad, la cual nos recuerda cada día no es esto lo que quiero, pero que vamos a hacerle, nadie escogió a nuestros profesores, o tal vez si y se trata de ser más bien cobarde. Pero después de tantos laberintos las líneas rectas parecen superfluas y se expande por el universo entero la necesidad de complicar la existencia, evidentemente la nuestra, porque todo lo ajeno parece estar más resuelto, hasta que es propio y se vuelve malvado, hablando de villanos.
Entonces después de tantas respiraciones el aire se vuelve inalcanzable y exhalamos palabras incoherentes, pero entre ellas se entienden, se abrazan, se cuentan secretos y cantan poemas, al parecer se conocen y se gobiernan las unas a las otras mientras uno resuelve el cataclismo interno, el cual fuera de pronóstico se vuelve abrasivo, imposible, nos empapa y resfria, entonces uno enfermo de melancolía se vuelve vulnerable y vuelve a la vieja costumbre de contar las líneas del suelo para perderse de la vista un rato y funcionar por inercia, la cual se parece a las buenas canciones que atrofiamos en gusto y las seguimos escuchando meramente por el condicionamiento de que alguna vez nos encantaron pero ya ni les ponemos atención, la cual por cierto se está volviendo un privilegio y un lujo inaccesible. Es que con tanto que pensar y con tan poco que uno puede hablar nos volvemos adictos a estar perdidos, divagando por nuestra mente, inmersos en embarcaciones subconcientes que se anidan en la oceánica memoria y vuelven y se van, vuelven y se van, se revientan en las costas de las nociones y esparcen su espuma por nuestra lengua, llegando a nuestra voz apenas un par de fragmentos de lo que podría ser cierto y ¿lo es realmente? Uno toma el teléfono buscando números conocidos o voces familiares, pero ya no es hábito contestarnos, nos llamamos a nosotros mismos desde hace un buen rato y el teléfono sigue marcando ocupado. Es que el hábito de buscarnos nos mantiene en el letargo de esperar que lo hagamos y en ese entonces se pierden nuestras propias conversaciones y terminamos por ignorarnos. Que confuso es ser uno mismo, como si no lo tuviese que hacer todos los días, como si no lo hubiese estado intentando todavía
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