Al principio se van mostrando los sucesos de manera particular, parecen individuales, aislados y únicos. Siendo entendido, de esta forma, como una simple imagen. El pedazo permanente de un instante que se enmarca en la memoria. Progresivamente los días se van llenado de estos pedazos y pareciera que tuviésemos una colección de ellos, creando lo que antes conocíamos como un álbum en nuestra cabeza. Pasamos los retratos casi sin tocarlos, evocándolos en medio de la prisa con la que avanzan las horas y los desesperantes segundos. Así nos mantenemos un tiempo, cargando estas piezas inconexas como premios o castigos, que nos alejan un poquito de la soledad. Un cine personal, en el que proyectamos todo lo que queremos y tenemos, a nuestra manera, según los diversos tintes que pueden acompañar las reproducciones. Lentamente, aquel almacén informativo va tomando forma, no podría hablar de ella específicamente, porque creo que corresponde a cada quien este punto, pero sí se que se comienza a alejar de aquel desorden inicial y todo comienza a construirse conforme a los pilares sobre los que hemos cimentado estas nociones. Así, nuestros recuerdos comienzan a tener sentido, sin seguir necesariamente un orden causal o lineal. Todas aquellas formas geométricas comienzan a alinearse y unirse, dándonos un profundo entendimiento sobre las circunstancias que han direccionado nuestros días. Comienza a tener sentido. Ya no acudimos únicamente para divertirnos o escapar, sino para entender e ir más allá. Siempre es más allá. Parece una eterna carrera de velocidad en la que la meta se nos escapa cada vez que nos aproximamos y los significados jamás se entienden por completo, puesto que llegando a su entendimiento pareciese que nos cargamos de nuevos sucesos que acomplejan la estructura simbólica y nuevamente nos volvemos a preguntar de que se trata todo esto.
Aún no hay respuestas concretas, más bien ni siquiera están totalmente claras las preguntas, pero se siguen reproduciendo aleatoria-mente como las distintas canciones que ponemos en el auto cuando hacemos un camino largo y cada vez que pareciese que nos envían mensajes, suena otra que nos confunde respecto a las conclusiones que habíamos tomado antes de esa y todo constantemente vuelve a empezar.
Entonces, tras la construcción y destrucción de ideas, ya no parece tan necesario que sean sólidas, puesto que basta un milimétrico giro para que dejen de estar sustentadas de la forma que estaban y todo se vuelve frágil y los argumentos pierden sus cimientos y nuevamente no tenemos la menor idea. El ilusorio sentido que toma el curso de las situaciones es una especie de somnífero que nos permite dormir por un par de días, para descansar antes de las millones de noches en las que no podemos cerrar los ojos buscando en alguna parte de la oscura habitación un par de tranquilizadoras palabras, que finalmente no llegan y nos quedamos dormidos en el intento y la mañana aparece sin nada que decirnos. Así pasa el resto del día, olvidamos, recordamos, nos preguntamos, respondemos y volvemos a empezar millones de veces el mismo ciclo como si todo esto nos diese algo. No nos da, más bien nos quita, pero ceder jamás se ha entendido completamente. No es totalmente malo, más bien nos aligera el paso, al hacerlo más autónomo, pero también se trata de un espejismo en el que al enfrentarnos el reflejo se ve nuestra figura sola ante el cristal buscando una vez más que hacer con lo que está pasando.
1 comentario:
Increíble cómo han madurado tus textos, la percepción y la sensibilidad.
Sigo creyendo que son parte de una gran novela, con tintes biográficos,fragmentos de una historia.
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