lunes, 13 de abril de 2020
Habitación
Ya no se trata de lo que esperas y llega, ni de cuanto tarda, ni de la manera que se presenta. Tampoco guarda relación con alguna clase de expectativa, creo que esa ya no es la salida. Ni menos sobre las múltiples ideas, por no decir ilusiones sobre lo que aún no sucede, pero deseamos que sí. Hace mucho tiempo que dejó de tratarse de eso y en realidad sobre muchas cosas más, ya no tiene que ver con la empatía, la tolerancia o la capacidad de escucha, ni de todos los miles de lazos que se extienden bidireccionalmente con una intensa dirección hacia todo lo otro, y con eso último me refiero a todo lo que escapa de la categoría propia. Dejo de ser por todos y todo, se fue quedando lentamente atrás, con las millones de anécdotas que han tomado lugar en la esencia de estos últimos días como humanidad y en la fragilidad del tiempo que se ha vuelto imperceptible. A lo que voy y aunque hasta este momento, tema de que no se perciba del todo o este siendo lo suficientemente claro en las precedentes letras es que la frase ya no guarda relación con aquellos que te vienen a salvar en medio del vacío, sino de la posibilidad de estar herméticos en nuestra habitación y que la protección venga desde ahí. El mundo se está quedando casi dormido, andando a un ritmo imperceptible para nuestra frenética costumbre, sumida en lo pasajero, desechable y superfluo, por lo que los centímetros que trazan los segundos sobre la línea cronológica se han vuelto casi invisibles bajo este ojo ansioso y hambriento por arrasar con los instantes de manera ágil y fugaz. Todo anda lento, todo se diluye sobre las múltiples esperas y anhelos de certeza. Entonces, sobre un escenario tan inestable, ya nadie tiene tiempo en sus butacas para preocuparse si el resto está entendiendo lo mismo que el con respecto a la película de enfrente. Cada quien está demasiado complicado con su propia interpretación de las escenas, que ya ni siquiera se molesta en decirle al de alado que esta hablando demasiado fuerte y no se puede concentrar en la función, porque esta misma resulta incomprensible para cualquier espectador. Y ya nadie nos puede venir a salvar, por más profundo que sea el fondo que estemos tocando, ni nadie estará a la mitad de la noche en los infinitos torbellinos del imperante insomnio, por lo que descubrimos nuestros brazos, piernas, manos y labios. Entonces nos empezamos a besar, abrazar, sostener y acariciar a nosotros, siendo así esto vagamente suficiente, porque al parecer la contención siempre ha sido una convención social, un amparo colectivo, un consuelo grupal que proviene de cualquier lado menos del nuestro. Nos empezamos a percatar de que estamos moviéndonos, a cada segundo, mientras respiramos, al despertarnos, cuando lloramos y nos escondemos bajo las millones de mantas bajo la cama, estamos ahí, buscando una explicación, una respuesta e incluso, la pregunta. Buscando entre los lugares que siempre hemos estado aquello que jamás hemos visto y repentinamente, su ausencia y carencia se ha convertido en algo asfixiante, porque no, no podemos perder eso también.
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