En la infinidad de posibilidades de mundos internos, es que nos encontramos con las elevadas expectativas acerca de como debería ser, ya sea una cosa, persona, situación, etc. Por ende, nos vemos atados a nuestras propias ideas del mundo y como lo entendemos. Sin embargo, esto no representa totalidad, sino más bien personalidad y rasgos propios, entre los cuales se expone nuestra propia esencia en la búsqueda personal de que es ser nosotros en cuanto a ser individual y en nexo con el resto del mundo. Últimamente le he dado bastante espacio a la idea de que en otros también estamos nosotros y nuestro reflejo se haya en su imagen y por ende, estamos viendo más acerca de nosotros mismos que realmente de a quien me refiero. Resulta paradójico, puesto que dos personas frente a frente irradian rayos bidireccionales en cuanto la identidad de cada uno por sobre la del otro y cada quien se encuentra sabiendo acerca de si mismo en mirada hacia el entorno. Razón por la cual nos estamos acercando a nuestro centro. La cuestión es que avanzamos sin percatarnos de este supuesto y seguimos entendiendo al otro como ajeno, cuando en realidad es bastante propio, no en el sentido de pertenencia, sino de reflejo y transparencia única. Lo inmenso que es el mundo y el universo, con tantas posibilidades de coincidir y justamente atraemos de forma magnética a quienes nos encontramos propensos a tener amplias conversaciones que anidan nuestro núcleo. Podríamos pensar que somos parte de una constelación en la cual al mirar sobre nuestro hombro vemos estrellas que se encuentran en sintonía con nuestro brillo y por ende pasamos largas horas intentando de cifrar mientras esto se trata de un descubrimiento monumental en cuanto a nuestro propio nombre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario